La máscara verde y el humo gris: Reflexiones críticas sobre las emisiones y la transición energética
- Andrés Irarrázaval Domínguez
- 21 jul 2025
- 6 Min. de lectura
Chimeneas industriales liberando humo, símbolo del peso de nuestras emisiones. La atmósfera de nuestro planeta pesa cada vez más. Un humo de carbono invisible envuelve el cielo – no lo vemos, pero se manifiesta en sequías, incendios e inundaciones cada vez más intensos. La causa: nuestras actividades liberan cerca de 50 mil millones de toneladas de CO₂ equivalente al año ourworldindata.org.
Son cifras astronómicas, casi inimaginables. 16.7 mil millones de toneladas de CO₂e provienen tan solo de la generación de electricidad y calor que alimentan nuestra civilización; 8.2 mil millones del transporte que nos mueve; 6.3 mil millones de la manufactura y construcción que nos rodea. Y la lista sigue: la agricultura agrega 5.9; los procesos industriales, 3.2; los edificios residenciales y comerciales, 3.2 más. Las fugas en la extracción de energía (emisiones fugitivas) suman 3.1; los residuos, 1.7; el cambio de uso de suelo y la deforestación, 1.3. Incluso un sector rara vez mencionado – el militar – aporta alrededor de 0.6 mil millones de toneladas de CO₂e. Casi tres cuartas partes de las emisiones globales provienen del uso de energía ourworldindata.org, por lo que el peso de nuestras decisiones energéticas es enorme. Detrás de cada luz encendida, de cada kilómetro recorrido y de cada nuevo edificio erigido, hay una sombra de humo y carbono acumulándose en el aire.
El peso de las decisiones energéticas
Cada decisión energética que tomamos – qué fuente emplear, cuánta energía consumir – se refleja en gigatoneladas de emisiones. La electricidad que nos ilumina y calienta conlleva la mayor carga: 16.7 gigatoneladas de CO₂e al año. Esa cifra gigantesca nos recuerda que cada foco encendido y cada servidor de datos funcionando tienen un coste climático. Le sigue el rugido de los motores en carreteras, cielos y océanos: 8.2 gigatoneladas provenientes del transporte, fruto de nuestra sed de movilidad. Las fábricas y construcciones que sostienen nuestra vida moderna emiten otras 6.3, como si cada producto y cada edificio nuevo vinieran con una nube gris incorporada. Incluso la comodidad de nuestros hogares y oficinas – climatización, electrodomésticos, iluminación – genera 3.2 gigatoneladas más. En conjunto, estas decisiones sobre cómo obtenemos y usamos la energía se traducen en la mayor parte de la huella de carbono global.
No es de extrañar entonces que la atmósfera cargue con ese peso. Estas decisiones energéticas – seguir quemando carbón o apostar por renovables; promover la eficiencia o perpetuar el derroche – son literalmente cuestiones de toneladas contra el clima. Cada vez que elegimos combustibles fósiles, añadimos otra palada de CO₂ a ese cielo gris. Por el contrario, cada inversión en energías limpias o en eficiencia es un intento por aliviar la carga. El dilema es claro: o cambiamos la forma en que obtenemos nuestra energía, o el humo seguirá intensificándose. Y en esa balanza, cada sector y empresa tiene responsabilidad: desde la eléctrica que decide cerrar (o extender) una planta de carbón, hasta la corporación que opta por vehículos eléctricos en su flota. En un mundo donde la energía lo mueve todo, moverla hacia fuentes limpias se vuelve imperativo para disipar parte de ese humo invisible.
El disfraz ecológico de las industrias
Sin embargo, entre ese cielo gris de emisiones, muchas industrias se presentan con un brillante disfraz verde. Visten sus marcas con hojas y eslóganes sostenibles, prometen futuros “neutros en carbono” y alardean de iniciativas ecológicas. La hipocresía verde se cuela entre las grietas: campañas publicitarias repletas de bosques y sonrisas, mientras sus chimeneas reales continúan escupiendo CO₂. La narrativa empresarial es un campo abonado con hipocresía – tanto que han surgido términos como greenwashing (ecoblanqueo) o postureo ambiental para describir esta brecha entre la imagen y la realidad elpais.com.
Lo vemos a diario: compañías petroleras que hablan de energías limpias mientras exploran nuevos pozos; automotrices que lanzan un modelo eléctrico estrella mientras la mayoría de su producción sigue basada en combustión; conglomerados de agronegocios que pregonan sostenibilidad mientras continúan deforestando o emitiendo metano descontroladamente. Es habitual observar una incoherencia entre el discurso público y las acciones reales: empresas que promocionan iniciativas ecológicas mientras mantienen prácticas que dañan el medio ambiente rrhhdigital.com. Esta dualidad erosiona la confianza. No en vano, más del 80% de los ciudadanos percibe que la supuesta sostenibilidad de muchas empresas es puro marketing, sin acciones genuinas detrás rrhhdigital.com. En otras palabras, el público huele el humo tras la máscara verde.
La atmósfera, por su parte, no entiende de apariencias. Da igual cuántos informes de RSC de colores publiquemos o cuántos sellos verdes coleccionemos: el CO₂ no atiende a discursos, solo a hechos. Cada tonelada emitida cuenta, venga de una empresa eco-friendly de escaparate o de una abiertamente contaminante. El disfraz ecológico, por sofisticado que sea, no detiene el cambio climático. Al contrario, nos narcotiza con una falsa sensación de seguridad mientras el problema se agrava. Esta crítica no busca condenar sin matices – hay empresas dando pasos sinceros – sino despertar a quienes aún creen que con pintar de verde la comunicación es suficiente. Detrás de ese maquillaje corporativo, la combustión de carbón, gas y petróleo sigue ardiendo. Y mientras siga ardiendo, el humo seguirá subiendo.
Urgencia climática: la transición impostergable
Todo este humo acumulado nos ha llevado a una encrucijada histórica. La ciencia es contundente: para evitar un desastre climático necesitamos acciones drásticas ya. La ONU advierte que “la bomba de relojería climática está en marcha” es.mercopress.com; los científicos del IPCC urgen a recortar casi a la mitad las emisiones globales antes de 2030 para frenar el calentamiento a 1.5 ° Cipcc.ch. Sin embargo, en vez de disminuir, las emisiones siguieron creciendo y hoy se encuentran en su nivel más alto de la historia, cerrando rápidamente la ventana de tiempo para actuar wwf.org.ec. Cada año que postergamos cambios, cada promesa de “ya llegaremos en 2050” sin acciones concretas en el presente, es un año en que añadimos gigatoneladas más a la atmósfera y acercamos los puntos de no retorno.
La transición energética real no admite más demoras. La eliminación acelerada de los combustibles fósiles es la mejor manera de evitar que el planeta supere el 1.5 °C de calentamiento wwf.org.ec y desate consecuencias catastróficas. Esto significa dejar de echar leña al fuego: frenar la expansión de carbón, petróleo y gas; apostar con urgencia por las energías renovables, la electrificación y la eficiencia; proteger bosques y suelos que secuestran carbono. Disponemos de conocimiento, tecnología e incluso capital para lograrlo – lo que falta es voluntad real. Las decisiones que tomemos en los próximos pocos años definirán el futuro climático de nuestras comunidades y generaciones venideras ipcc.ch. La diferencia entre limitar el calentamiento o desatar un clima caótico radica en la velocidad y sinceridad de la acción. No podemos permitirnos más titubeos: la transición debe acelerarse ahora, convirtiendo tanta retórica acumulada en transformación tangible.
Conclusión: del discurso verde a la acción real
Nos encontramos ante un momento de definición para los líderes de sostenibilidad corporativa. Las cifras desnudas de emisiones muestran la gravedad; la retórica elegante ya no basta. No se apaga un incendio con discursos ni con marketing verde; se apaga dejando de echarle leña al fuego – es decir, reduciendo de verdad las emisiones. Es hora de quitarse la máscara verde y enfrentar el desafío climático con honestidad y coraje. En sus manos está transformar la narrativa dentro de sus empresas y alinearla con la realidad física del carbono. Esto implica pasar de las palabras a los hechos medibles sin más dilación.
¿Cómo pasar del dicho al hecho? Algunas acciones clave pueden marcar la diferencia:
Transparencia radical: Revelar sin maquillaje la huella de carbono de la empresa, abarcando toda la cadena de valor. Reconocer dónde están las mayores emisiones es el primer paso para reducirlas – la sinceridad genera credibilidad.
Coherencia estratégica: Alinear las promesas ambientales con cambios operativos tangibles. No anunciar objetivos lejanos sin plan claro; cada meta climática debe respaldarse con inversión en tecnologías limpias, cambios en procesos y plazos intermedios exigentes. La sostenibilidad debe integrarse en el core del negocio, no quedar como adorno de relaciones públicas.
Acción e innovación inmediatas: Priorizar las reducciones de emisiones ahora sobre la comodidad del statu quo. Apostar por energías renovables propias, electrificar flotas y procesos, mejorar la eficiencia energética y eliminar gradualmente proyectos de alto carbono. Fomentar la innovación y la cultura interna para que cada área de la empresa busque soluciones bajas en carbono.
En última instancia, la valentía de los responsables de sostenibilidad se medirá no por sus informes o discursos, sino por su capacidad de incidir en decisiones corporativas reales. Tienen la oportunidad – y la responsabilidad – de desafiar inercias, de destapar las contradicciones y de proponer cambios audaces. Que sus empresas pasen de contar historias verdes a construir un futuro verde. El momento de actuar es ahora: de lo contrario, la poesía del humo se convertirá en la prosa triste de un clima fuera de control. Despojémonos del disfraz, encaremos el humo de frente, y seamos artífices de la transición energética genuina que el mundo urgentemente necesita.
🎯 Llamado a la acción: Que cada decisión que tomen a partir de hoy – grande o pequeña – acerque a su empresa a la neutralidad real. Transformen la narrativa corporativa en un catalizador de cambio, porque el tiempo de la complacencia ya se ha agotado. El futuro requiere líderes que conviertan la elegancia de las palabras en la fuerza implacable de los hechos.



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