El dilema ético de la sostenibilidad digital y verde
- Andrés Irarrázaval Domínguez
- 22 jun 2025
- 13 Min. de lectura
La transición hacia un futuro más verde y digital promete combatir el cambio climático y conectar al mundo con tecnologías limpias. Paneles solares, baterías recargables, vehículos eléctricos, centros de datos e inteligencia artificial representan esa esperanza de sostenibilidad. Sin embargo, tras el brillo de estas innovaciones se esconde una realidad compleja y agridulce: todas dependen de una base material extraída de la Tierra. Minerales críticos como el litio, el cobalto, las tierras raras, el níquel o el cobre se han vuelto tan preciados como discretos. Su obtención acarrea costos ambientales y sociales que plantean un dilema ético ineludible: ¿a qué precio estamos construyendo este mundo “verde” y “conectado”? A continuación, exploramos esta paradoja con mirada crítica y reflexiva.
Minerales críticos: los cimientos ocultos de la transición
Para alimentar las tecnologías limpias y digitales, se requiere una canasta de minerales estratégicos. Los autos eléctricos, por ejemplo, utilizan en sus baterías litio y cobalto; los aerogeneradores emplean imanes de tierras raras; los paneles solares necesitan silicio de alta pureza y plata; nuestros teléfonos inteligentes contienen más de 30 elementos diferentes (desde oro y cobre hasta tántalo y neodimio) mining.com. De hecho, un smartphone moderno puede incorporar alrededor del 80% de los elementos estables de la tabla periódica mining.com, reflejando cómo la era digital está literalmente construida sobre casi todo el repertorio de minerales de la corteza terrestre.
Además, las tecnologías de energía limpia suelen requerir más materiales por unidad de energía que sus antecesoras fósiles. Un vehículo eléctrico típico necesita seis veces más minerales que uno de combustión interna tradicional, y un parque eólico terrestre requiere hasta nueve veces más recursos que una planta de gas equivalente climate.mit.edu. Esta intensificación minera obedece a la búsqueda de baterías de iones de litio, turbinas eficientes y redes eléctricas avanzadas para almacenar y gestionar energía renovable. El resultado es una demanda creciente de litio, cobalto, níquel, cobre, manganeso y tierras raras, entre otros climate.mit.edu. Según estimaciones del Foro Económico Mundial, la demanda mundial de cobalto podría multiplicarse por cuatro para 2030, impulsada sobre todo por la adopción masiva de vehículos eléctricos nationalgeographic.es. Del mismo modo, se proyecta que la demanda de litio aumentará de forma exponencial (se calcula un crecimiento de 18 veces para 2030 y 60 veces para 2050) debatesindigenas.org. Esta fiebre de los minerales críticos deja clara una cosa: nuestro ideal de sostenibilidad verde-digital se apoya en un basamento muy físico y extractivo.
Costos ambientales: agua, tierra y biodiversidad en juego
Imagen: Riesgos ambientales y sociales asociados a la extracción de distintos minerales críticos (contaminación de agua, pérdida de biodiversidad, emisiones de CO₂, entre otros). Los símbolos señalan qué impactos son especialmente relevantes para cada material.
La extracción intensiva de minerales críticos conlleva graves impactos ambientales en diversas partes del mundo. Un ejemplo emblemático es el del litio en el desierto de Atacama, en Chile, parte del “triángulo del litio” sudamericano. A primera vista, el Salar de Atacama es un paisaje árido de salinas interminables, pero debajo de su costra salina existen acuíferos y lagunas subterráneas que sustentan oasis con flamencos y vida única en el desierto es.mongabay.com. Allí, dos empresas explotan litio mediante la evaporación de salmuera: bombeando más de 63 mil millones de litros de agua salada cada año (casi 2.000 litros por segundo) desde las capas profundas, además de consumir grandes cantidades de agua dulce es.mongabay.com. Este proceso está “sangrando” el salar, provocando hundimientos de hasta 2 centímetros por año en su núcleo es.mongabay.com y amenazando la capacidad de almacenamiento del acuífero que alimenta los humedales circundantes. El resultado es una reducción de lagunas vitales para especies como los flamencos andinos y una tensión hídrica que pone en riesgo a las comunidades indígenas Lickanantay, quienes habitan estas tierras hace milenios y “saben convivir con la escasez [de agua]” bajo un delicado equilibrio tradicional es.mongabay.com. Hoy, ese equilibrio se rompe por la sed global de litio: líderes locales advierten que no quieren convertirse en una zona de sacrificio donde un ecosistema único sea devastado en nombre de la electromovilidad.
En otras regiones, la contaminación y destrucción ambiental asociada a la minería también dibuja un panorama preocupante. Las tierras raras, un grupo de 17 elementos esenciales para imanes de turbinas eólicas, motores de coches eléctricos y componentes electrónicos, ilustran esta contradicción. China, que produce la mayor parte de las tierras raras del mundo, ha sufrido durante décadas la cara oculta de estos elementos “verdes”. En Bayan Obo (Mongolia Interior, China), el mayor yacimiento de tierras raras del planeta, décadas de explotación y procesamiento han contaminado de forma devastadora el agua superficial y subterránea, el suelo y el aire, afectando gravemente la salud de ecosistemas completos y de las comunidades locales odg.cat. En los alrededores de la ciudad de Baotou se formó una inmensa “laguna tóxica” de residuos químicos y radiactivos producto del procesamiento de tierras raras theguardian.comtheguardian.com. Donde antes había campos cultivables, hoy solo queda un paisaje estéril cubierto por costras negras; los agricultores han abandonado sus aldeas debido a suelos envenenados y aguas imbebibles theguardian.comtheguardian.com. Este coste ambiental altísimo es una de las razones por las cuales la producción de tierras raras se ha concentrado en China odg.cat: otros países han preferido externalizar esa contaminación para obtener materiales clave sin ensuciar su propio patio trasero.
Otro caso ilustrativo es el del níquel, un metal fundamental para ciertas baterías de vehículos eléctricos. En las islas remotas de Indonesia –país que posee las mayores reservas de níquel del mundo– la fiebre por este mineral está arrasando bosques tropicales y amenazando ecosistemas marinos. Grandes proyectos minero-metalúrgicos se despliegan en zonas antes vírgenes, acompañados de plantas eléctricas a carbón para fundir el mineral apnews.comapnews.com. La extracción de níquel en depósitos poco profundos implica talar extensas áreas de selva: un análisis reciente mostró que la deforestación alrededor de los nuevos complejos metalúrgicos se duplicó, de 33 a 63 km² por planta, y podría ser mucho mayor si se completan todos los proyectos planificados apnews.com. Manglares arrancados, ríos rojizos por sedimentos, arrecifes de coral cubiertos de lodo tóxico: así describen ambientalistas locales el impacto en regiones como Halmahera y las islas Raja Ampat apnews.com. “El daño al ambiente es devastador… los ríos están contaminados, se talan manglares para los puertos, las áreas costeras y corales están siendo dañados”, advierte Timer Manurung, director de la ONG Auriga apnews.com. Los pobladores tradicionales ven cómo sus medios de vida se esfuman: campos de cacao cubiertos de polvo anaranjado de la mina, pesca artesanal imposible porque el agua se ha vuelto turbia y sin peces apnews.comapnews.com. Paradójicamente, la producción de níquel “verde” para baterías se apoya en energía sucia –Indonesia quema carbón para alimentar las fundiciones–, generando una doble cuota de emisiones de CO₂ y contaminación en nombre de la movilidad eléctrica.
Estos ejemplos se repiten de distintas formas por todo el globo. En Estados Unidos y América Latina, la expansión de minas de cobre (metal indispensable para redes eléctricas y paneles solares) amenaza cuencas y bosques. Un estudio de 2020 en Nature alertó que más del 80% de las áreas mineras globales se traslapa con zonas clave para la biodiversidad, riesgo que se agrava al crecer la demanda de minerales para energías renovables climate.mit.educlimate.mit.edu. Las minas generan montañas de “relaves” o residuos: enormes estanques de desechos tóxicos que a veces colapsan, vertiendo arsénico, metales pesados y ácido en los ríos climate.mit.educlimate.mit.edu. También emiten aerosoles contaminantes y gases de efecto invernadero, contribuyendo al cambio climático que intentamos mitigar climate.mit.edu. En suma, la extracción de los materiales para la transición verde puede significar agua envenenada, tierras deforestadas y especies al borde del colapso – un coste ambiental que contrasta duramente con los beneficios ambientales esperados de esas mismas tecnologías.
Impactos sociales: trabajo, salud y comunidades vulnerables
No son solo los ecosistemas los que pagan el precio de la nueva fiebre minera; también las personas, especialmente en regiones empobrecidas o marginadas, sufren las consecuencias. Muchas de las zonas ricas en minerales críticos se ubican en países en desarrollo con instituciones débiles, donde la regulación socio-ambiental es laxa. Allí, la minería puede traer abusos laborales, riesgos para la salud y conflictos sociales.
El caso del cobalto en la República Democrática del Congo (RDC) es paradigmático. Este metal azul es vital para las baterías recargables –desde teléfonos hasta coches eléctricos–, y la RDC alberga alrededor del 70% de la producción mundial nationalgeographic.es. Pero ese liderazgo ha venido acompañado de una tragedia humana y ética. En la región minera de Katanga, miles de personas, incluidos niños, trabajan en minas artesanales en condiciones infrahumanas y degradantes, extrayendo cobalto a cambio de unos pocos dólares al día nationalgeographic.es. Se ha documentado que menores de incluso 7 años cavan túneles estrechos sin protección, expuestos a derrumbes y a la toxicidad del mineral. Siddharth Kara, investigador de Harvard, calcula en su libro Cobalt Red que “cada día muere un niño en el Congo” a causa de accidentes en estas minas, contaminadas además con uranio y otras sustancias tóxicas nationalgeographic.es. La llamada “fiebre del cobalto” ha provocado “contaminación generalizada del agua, el suelo y el aire” en la zona y “un sinfín de muertes”, según este experto nationalgeographic.es. Las comunidades que viven cerca de las minas muestran niveles elevadísimos de cobalto en sangre y orina, asociados a problemas de salud graves nationalgeographic.esnationalgeographic.es. A pesar de que la ley congoleña prohíbe el trabajo infantil minero, en la práctica gran parte de la extracción es informal y escapa a todo control dol.gov. Organizaciones internacionales como UNICEF y Amnistía Internacional han denunciado esta situación como una forma de esclavitud moderna impulsada por la demanda global de dispositivos “inteligentes” y coches eléctricos. Es un escándalo ético global que los consumidores raramente ven: la riqueza de las empresas tecnológicas contrasta brutalmente con la miseria de quienes sacan el cobalto con sus propias manos de la tierra rojiza de África weforum.org.
Latinoamérica tampoco es ajena a los dilemas sociales de la minería para la transición. Las salinas altoandinas de Argentina, Bolivia y Chile –ricas en litio– son territorios ancestrales de pueblos indígenas (quechuas, aimaras, atacameños). La acelerada extracción de litio allí ha suscitado reclamos por la afectación del derecho al agua y al medio ambiente sano de estas comunidades debatesindigenas.org. En Salinas Grandes (norte de Argentina), por ejemplo, comunidades indígenas kollas y atacameñas han rechazado proyectos de litio que pondrían en riesgo sus salares, de los cuales dependen para actividades tradicionales como la cría de llamas o la recolección de sal. “¿Transición energética justa? Todo indica que no lo está siendo”, escriben líderes indígenas, apuntando a que la prisa mundial por los minerales verdes se está imponiendo sobre sus modos de vida debatesindigenas.orgdebatesindigenas.org. En Bolivia, la perspectiva de explotar el gigantesco Salar de Uyuni genera tanto esperanza de desarrollo económico como temor de repetir historias de colonialismo y saqueo de recursos (no olvidemos que Potosí fue rico en plata pero dejó una estela de pobreza). En Panamá, recientemente, protestas sociales masivas obligaron a suspender un contrato minero, alertando que las comunidades ya no aceptarán ser “zonas de sacrificio” sin alzar la voz.
Los conflictos sociales alrededor de la minería verde-digital van desde protestas pacíficas hasta enfrentamientos violentos. En 2019, en Chile, las comunidades lickanantay del Salar de Atacama bloquearon caminos exigiendo más participación en las decisiones mineras y mayores resguardos ambientales apnews.comapnews.com. En 2023, Panamá vivió un paro nacional contra la expansión de una mina de cobre (usado en energías limpias), alegando corrupción y daño ambiental; el gobierno acabó cancelando el proyecto. Estos casos muestran que muchas comunidades locales sienten que están cargando con los costos de la transición, mientras los beneficios (energía limpia, vehículos no contaminantes) se disfrutan en otros lugares. La justicia ambiental y social exige que escuchemos estas voces y repensemos cómo gestionar la transición verde sin dejar víctimas en el camino.
Dilemas éticos: ¿tecnología verde a qué precio?
Los ejemplos anteriores nos enfrentan a un dilema ético profundo. La humanidad necesita reducir sus emisiones y frenar el cambio climático, y para ello impulsar tecnologías limpias y digitalización puede ser parte de la solución. Pero, como señala el investigador Scott Odell del MIT, “producir energía limpia tiene sus propios impactos ambientales y sociales que debemos solucionar simultáneamente”climate.mit.edu. En otras palabras, no hay balas de plata: incluso las soluciones verdes conllevan sombras. La pregunta es cómo equilibrar la urgente acción climática con la justicia para las personas y la naturaleza afectadas por la obtención de esos materiales críticos.
¿Es ético, por ejemplo, salvar bosques en Europa electrificando el transporte, si a la vez arrasamos selvas en Indonesia para extraer el níquel de esas baterías? ¿Podemos hablar de “movilidad sostenible” si una parte de esa sostenibilidad se sostiene sobre la explotación laboral infantil en África? ¿Estamos dispuestos a sacrificar ecosistemas únicos –desiertos milenarios, montañas sagradas, arrecifes coralinos– y comunidades vulnerables en nombre de un futuro verde? Estos cuestionamientos alimentan el debate sobre el “colonialismo verde” o neoextractivismo: la idea de que la transición energética global podría estar reproduciendo patrones históricos de inequidad, donde el Norte Global sigue beneficiándose de los recursos del Sur Global, dejando tras de sí daños locales.
Latinoamérica es particularmente consciente de este riesgo. Países como Chile, Perú, Bolivia o Argentina han sido durante siglos proveedores de materias primas para el mundo. Ahora, ante la boom de los minerales para tecnologías limpias, vuelve la tensión entre aprovechar la oportunidad económica o proteger a su gente y su entorno. En Chile, el gobierno ha propuesto una Estrategia Nacional del Litio para que el Estado y las comunidades tengan mayor control sobre ese recurso estratégico debatesindigenas.orgreuters.com. Parte del plan contempla involucrar a los pueblos atacameños en la toma de decisiones y en la repartición de beneficios, buscando un modelo más participativo y ético de minería reuters.comreuters.com. Esta iniciativa reconoce que, sin legitimidad social, incluso proyectos “verdes” pueden detonar conflictos y ser insostenibles en el tiempo. De hecho, inversores y compradores internacionales empiezan a valorar que los minerales tengan “certificado ético”: saben que sus accionistas y consumidores demandan productos realmente limpios, no manchados de abuso o destrucción reuters.comreuters.com.
El dilema se resume en una disyuntiva incómoda: ¿vale la pena salvar al planeta a costa de algunas de sus partes y pueblos? Por supuesto, es una formulación tramposa –no deberíamos tener que elegir entre cuidar la biosfera global o respetar los derechos locales, ambas son caras de la misma moneda de la verdadera sostenibilidad–. Sin embargo, la forma en que avance la transición energética definirá si solucionamos una crisis creando otras nuevas. Como lo expresó un líder indígena en Chile, “no todos estamos en contra de la minería, pero queremos saber el estado de salud de nuestra cuenca… No queremos ser una zona de sacrificio”ehn.org. Su llamado resuena con la noción de justicia climática: el cambio hacia energías limpias debe incorporar principios de equidad, participación y respeto por quienes históricamente han sido excluidos de las decisiones, para que el remedio (la acción climática) no termine siendo peor que la enfermedad en ciertas regiones.
Conectando conciencia y acción para una transición justa
Frente a este complejo panorama, es urgente abordar la transición digital y verde de manera integral, incorporando consideraciones éticas en cada paso. ¿Qué podemos hacer? Varias cosas, desde distintos frentes:
Transparencia y trazabilidad: Las cadenas de suministro de minerales deben ser responsables. Empresas tecnológicas y de energías renovables pueden comprometerse a comprar minerales extraídos con estándares altos de trabajo decente y cuidado ambiental. Iniciativas globales como la “Alianza para baterías responsables” ya apuntan en esa dirección, buscando eliminar el trabajo infantil y respetar derechos humanos en la cadena del cobalto weforum.orgweforum.org. Los consumidores, por nuestra parte, podemos exigir información: por ejemplo, que un fabricante certifique que el litio de su batería no secó una laguna altoandina, o que el cobalto de nuestro teléfono no proviene de minas con niños.
Innovación y sustitución: La ciencia puede ayudar a reducir la presión minera. Se investigan nuevas químicas de baterías que utilicen menos o ningún cobalto y níquel (sustituyéndolos por fosfato de hierro, por ejemplo), o motores de vehículos eléctricos sin imanes de tierras raras. A la par, mejorar el reciclaje es clave: recuperar litio, cobalto, cobre y otros de baterías y aparatos electrónicos al final de su vida útil disminuiría la necesidad de extraer más volumen virgen. Hoy, lamentablemente, una gran parte de estos materiales termina en basureros electrónicos en vez de volver al ciclo productivo. Invertir en economía circular y reciclaje urbano de metales es tanto una oportunidad económica como un imperativo ético.
Regulación y participación local: Los gobiernos de países extractores tienen la responsabilidad de establecer salvaguardas ambientales estrictas y garantizar que las comunidades locales participen en las decisiones. La consulta y consentimiento indígena debe respetarse de acuerdo con estándares internacionales. Casos como el de Chile muestran que incorporar a las comunidades en modelos de gobernanza compartida –por ejemplo, dando participación a representantes Lickanantay en la empresa conjunta de litio entre el Estado y privados– puede llevar a una minería más respetuosa y establer euters.comreuters.com. Asimismo, parte de las ganancias de esta nueva minería deberían reinvertirse en las regiones afectadas, para diversificar sus economías más allá de la extracción y remediar pasivos ambientales históricos.
Educación y sensibilización: En última instancia, nada cambiará sin conciencia pública. Es aquí donde el mundo digital puede ser paradójicamente un aliado. Plataformas conectadas y redes sociales permiten visibilizar historias antes ocultas: hoy podemos ver videos de comunidades del Congo denunciando la explotación del cobalto, o leer el testimonio de una líder atacameña explicando el valor espiritual del agua en el salar. Iniciativas educativas como Conectado buscan aprovechar la conectividad digital para sensibilizar sobre estos temas, conectando a consumidores, estudiantes y tomadores de decisión con la realidad en terreno. A través de programas interactivos, documentales en línea y campañas en redes, Conectado y proyectos similares traducen la complejidad de la sostenibilidad en relatos humanos, fomentando empatía e involucramiento. Al compartir conocimientos y experiencias globalmente, estamos más equipados para exigir cambios: por ejemplo, que las empresas adopten mejores prácticas, que los gobiernos no permitan zonas de sacrificio y que la innovación tecnológica tenga un propósito verdaderamente humanitario.
En un mundo cada vez más conectado, tenemos la oportunidad de conectar también la ética con la tecnología. La transición verde y digital no tiene por qué ser un juego de suma cero donde unos ganan y otros pierden. Como humanidad, podemos y debemos aspirar a soluciones que cuiden el planeta sin descuidar a la gente. Esto implica entender que nuestros dispositivos y “gadgets” vienen con una huella escondida: desde las entrañas de la Tierra hasta las manos de un minero anónimo en otra latitud. Reconocer esas conexiones es el primer paso para honrarlas.
En conclusión, el dilema de la sostenibilidad digital y verde nos invita a trascender la mirada ingenua de la tecnología como salvación absoluta, para asumir una visión más holística y solidaria. Lograr un futuro limpio y justo requerirá innovación, sí, pero también introspección y cambio de valores. Necesitamos tanta urgencia para frenar el carbono como para erradicar la indiferencia hacia quienes proveen los insumos de nuestro mundo moderno. Solo así la promesa verde-digital podrá realmente iluminar un porvenir sostenible para todos, sin que algunas comunidades queden en la sombra. Como dice un proverbio andino: “La Tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la Tierra.” Que nuestra revolución tecnológica no olvide esta humilde verdad, y que la ética florezca al mismo ritmo que la innovación.
🔗 Fuentes consultadas: La información y casos aquí mencionados provienen de reportes de instituciones independientes y periodísticas, entre ellas: MIT Climate Portal climate.mit.educlimate.mit.educlimate.mit.educlimate.mit.edu, Yale E360 e360.yale.edu, Mongabay en Español es.mongabay.com, Reuters reuters.comreuters.com, National Geographic España nationalgeographic.esnationalgeographic.es, informes de ODGodg.cat, así como testimonios recopilados por EHN ehn.orgehn.org, entre otros. Estas fuentes destacan la brecha entre la retórica verde y las realidades extractivas, reafirmando la necesidad de una transición energética ética, inclusiva y realmente sostenible. debatesindigenas.orgapnews.com



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