Diez soluciones para frenar el cambio climático: una reflexión urgente
- Andrés Irarrázaval Domínguez
- 2 sept 2025
- 11 Min. de lectura
Todos los días somos testigos de noticias sobre incendios forestales, sequías intensas o inundaciones inesperadas. Es inevitable preguntarse: ¿qué tipo de planeta les dejaremos a nuestros hijos y nietos? Esta preocupación nos lleva al concepto de justicia intergeneracional, la idea de que tenemos la responsabilidad moral de entregar a las próximas generaciones un mundo habitable. El cambio climático es urgente, y enfrentarlo es una responsabilidad colectiva que recae en gobiernos, empresas, comunidades y cada uno de nosotros. Pero en medio de la ansiedad que puede generar la crisis climática, también hay un atisbo de esperanza: contamos con soluciones concretas y probadas para mitigar el problema. De hecho, expertos del IPCC (el panel científico de la ONU) y organizaciones como el World Resources Institute han destacado diez soluciones clave para combatir el cambio climático. Estas soluciones, además de reducir emisiones, conectan con valores profundos de equidad, solidaridad y capacidad de transformación positiva de nuestra sociedad.
Infografía del World Resources Institute que resume las 10 soluciones clave para mitigar el cambio climático.
A continuación, repasamos estas diez soluciones, reflexionando sobre por qué son tan importantes y cómo pueden transformar nuestro futuro:
Retirar las plantas de carbón: El carbón es el combustible fósil más contaminante, y eliminar gradualmente su uso para generar electricidad es considerado “el paso más importante” para frenar el calentamiento globale-mc2.gr. Actualmente, las centrales a carbón todavía proveen aproximadamente un 36% de la electricidad mundiale-mc2.gr, a pesar de que tenemos alternativas más limpias. Cerrar estas plantas de forma acelerada —y reemplazarlas por fuentes renovables— no solo reduciría enormemente las emisiones, sino que también limpiaría el aire que respiramos. Algunos países ya lo están logrando: por ejemplo, el Reino Unido redujo la electricidad a carbón del 40% a casi 0% en menos de una década, demostrando que es posible un cambio rápido cuando hay voluntad. Esta transición energética debe hacerse de forma justa, apoyando a las comunidades y trabajadores afectados, porque nadie debe quedar atrás en la era de la energía limpia.
Invertir en energías limpias y eficiencia energética: Cada panel solar instalado en un techo y cada turbina eólica que gira en el horizonte representan un paso hacia un futuro más sostenible. Las energías renovables (solar, eólica, geotérmica, etc.) no emiten gases de efecto invernadero durante su operación, lo que las hace esenciales para reemplazar a los combustibles fósiles. Además, son cada vez más baratas: en muchas regiones, construir nueva capacidad solar o eólica ya cuesta menos que operar plantas de carbón o gas existentes. Junto a esto, la eficiencia energética es el “hermano silencioso” de las renovables. Hacer más con menos energía —aislando mejor nuestras casas, usando electrodomésticos eficientes, optimizando procesos industriales— reduce emisiones y ahorra dinero. Un ejemplo simple: cambiar iluminación incandescente por LED de bajo consumo en ciudades enteras ha resultado en ahorros millonarios y menor consumo eléctrico. Invertir en eficiencia es ganar-ganar: menos emisiones, menos gasto y mejor calidad de vida (pensemos en casas más frescas en verano y cálidas en invierno sin derrochar energía). Cada kilovatio-hora ahorrado cuenta.
Adaptar y descarbonizar los edificios: Nuestros hogares, oficinas y escuelas suelen ser “consumidores ocultos” de energía y emisores de CO₂. Adaptar los edificios significa remodelarlos o diseñarlos para que gasten menos energía y usen fuentes limpias. Esto implica mejorar el aislamiento térmico, instalar ventanas dobles, modernizar sistemas de calefacción y aire acondicionado, e incluso sumar paneles solares en los techos. Un edificio bien adaptado necesita menos energía para mantenernos cómodos. Al mismo tiempo, debemos descarbonizar los materiales y sistemas de construcción. Esto nos conecta con la siguiente solución: usar cemento, acero, ladrillos, plásticos y otros materiales de manera sostenible. Hoy existen proyectos de edificios que utilizan cemento bajo en carbono o estructuras de madera sostenible en lugar de acero, reduciendo la huella de carbono sin comprometer la seguridad ni la estética. Imaginemos vivir o trabajar en lugares que prácticamente no emiten carbono: esa visión puede hacerse realidad con la tecnología actual. Además, edificios más eficientes significan ahorros en las cuentas de luz y gas para las familias, lo que muestra cómo la acción climática también puede traer justicia económica.
Descarbonizar el cemento, el acero y los plásticos: La base de nuestras ciudades y productos está en estos materiales, pero su fabricación conlleva enormes emisiones. Por ejemplo, la industria del cemento por sí sola es responsable de alrededor del 8% de las emisiones globales de CO₂weforum.org. ¿Cómo logramos construir carreteras, puentes o autos sin agravar el calentamiento global? Aquí es donde la innovación y la ingeniería juegan un papel crucial. Descarbonizar estas industrias implica varias estrategias: usar materiales reciclados (chatarra metálica para producir acero nuevo, plástico reciclado para nuevos envases), desarrollar versiones más limpias de estos materiales (cemento que use arcillas calcinadas o procesos que capturen el CO₂ antes de liberarlo) y, en algunos casos, sustituirlos. Un ejemplo esperanzador viene de Suecia, donde ya se produjo acero utilizando hidrógeno verde en lugar de carbón, logrando acero “libre de fósiles”. Cada vez que una fábrica de cemento instala tecnología de captura de carbono, o una siderúrgica cambia a electricidad renovable, estamos dando un paso hacia un futuro donde construir no signifique contaminar. Como sociedad, apoyar políticas e inversiones que impulsen esta transformación industrial es parte de nuestra responsabilidad colectiva.
Transición hacia vehículos eléctricos: El transporte basado en gasolina y diésel es un gran emisor de gases de efecto invernadero y contaminantes del aire. Cambiar a vehículos eléctricos (VE) es una de las soluciones más inmediatas para reducir estas emisiones en las ciudades. Los VE no emiten gases de escape al circular, lo que significa aire más limpio en nuestras calles y pulmones. Además, a medida que la electricidad que los alimenta provenga cada vez más de fuentes renovables, su huella total de carbono caerá drásticamente. Ya vemos ejemplos inspiradores: Noruega, por ejemplo, ha logrado que la mayoría de los autos nuevos vendidos sean eléctricos o híbridos enchufables, gracias a incentivos y a una población comprometida. Es cierto que todavía tenemos desafíos, como ampliar la infraestructura de carga y hacer más accesibles estos vehículos en todos los países, pero la tendencia global es clara. También hay un efecto contagio positivo: cuando ves a tu vecino con un auto eléctrico, quizá te animes a considerar uno. La transición vehicular, además, nos recuerda que las decisiones individuales (qué auto conduzco) están conectadas con el bienestar común (calidad del aire y clima estable).
Aumentar el transporte público, la bicicleta y la caminata: No todo se trata de cambiar el motor de los autos; también se trata de movernos de manera más inteligente. Un autobús lleno o un tren de metro trasladan a decenas o cientos de personas emitiendo mucho menos CO₂ por cabeza que si todos esos pasajeros fueran en autos separados. Por eso, invertir en transporte público masivo, eficiente y cómodo es clave para ciudades sostenibles. Ciudades como Bogotá con su sistema de autobuses BRT, o París ampliando sus líneas de metro y tranvía, muestran cómo se puede lograr que moverse en transporte público sea rápido y fiable. Junto a esto, facilitar el uso de la bicicleta y el desplazamiento a pie transforma la vida urbana. Cuando se construyen ciclovías seguras y se crean veredas amplias y arboladas, la gente opta más por pedalear o caminar, reduciendo emisiones y mejorando su salud. Además, menos autos en las calles significa menos tráfico, menos estrés y comunidades más conectadas. Caminar o andar en bici para distancias cortas solía ser lo normal en generaciones pasadas; recuperar esa cultura, apoyados por infraestructura moderna, conecta con un estilo de vida más simple, saludable y sostenible. Al final, ciudades diseñadas para personas (no solo para coches) son ciudades más justas y agradables para todos.
Descarbonizar la aviación y el transporte marítimo: Estos dos sectores son de los más difíciles de descarbonizar, dado que mover aviones y grandes buques con energías limpias es todo un desafío tecnológico. Sin embargo, “difícil” no significa “imposible”. La aviación y el transporte marítimo internacionales juntos representan una porción significativa de las emisiones globales, y siguen creciendo. Para los aviones, ya se están probando biocombustibles sostenibles que pueden reducir las emisiones en vuelos comerciales, e incluso prototipos de aviones eléctricos o de hidrógeno para rutas cortas. Algunas aerolíneas, por ejemplo, han empezado a mezclar combustible de aviación sostenible en vuelos, reduciendo su impacto. En cuanto a los barcos que transportan mercancías por todo el mundo, compañías navieras exploran el uso de combustibles como el amoníaco verde o el metanol producido con energías renovables, así como mejoras en la eficiencia de las embarcaciones (diseños de casco más aerodinámicos, velas modernas que ayudan a los motores, etc.). Descarbonizar estos sectores requiere cooperación internacional (no sirve de mucho que un país actúe si otros no, dado el carácter global de estos medios). También nos invita a reflexionar sobre nuestros hábitos: ¿es necesario volar tantas veces? ¿Podemos preferir productos locales para reducir el transporte marítimo de larga distancia? La próxima vez que tomemos un avión, podríamos pensar en compensar las emisiones o elegir aerolíneas comprometidas con la sostenibilidad. Cada avance cuenta para “volar y navegar” hacia un futuro neutro en carbono.
Detener la deforestación y restaurar suelos degradados: Los bosques son los pulmones de la Tierra. Detener la deforestación es urgente porque los árboles absorben dióxido de carbono de la atmósfera; cuando talamos bosques a gran escala, no solo perdemos esa absorción, sino que liberamos el carbono almacenado en troncos y suelos. Se estima que el cambio de uso de la tierra, principalmente la deforestación, aporta entre un 12% y 20% de las emisiones globales de gases de efecto invernaderolse.ac.uk. Un planeta sin bosques suficientes es un planeta más caliente y vulnerable. Por ello, diversos países se han comprometido a frenar y revertir la pérdida de bosques para 2030. Vemos señales de esperanza: Brasil recientemente ha reducido la deforestación en el Amazonas tras esfuerzos de fiscalización y protección, y otras naciones tropicales siguen su ejemplo. La segunda parte de esta solución es restaurar los suelos y tierras degradadas —incluyendo reforestar áreas donde antes hubo bosque y ahora hay campos abandonados o erosionados—. Al restaurar ecosistemas, permitimos que la naturaleza vuelva a hacer su trabajo: capturar carbono, regular el clima local, proteger la biodiversidad y sostener a las comunidades locales (muchas poblaciones indígenas y rurales dependen directamente de bosques saludables). Un proyecto notable es la Gran Muralla Verde en África, donde se están recuperando tierras degradadas a lo largo del Sahel, plantando árboles y prácticas regenerativas para frenar la desertificación. En resumen, proteger y sanar los bosques y suelos es un acto de responsabilidad con la Tierra que habitamos y también un acto de justicia: las generaciones futuras tienen derecho a disfrutar de un planeta verde y vivo como el que nosotros conocimos.
Reducir la pérdida y desperdicio de alimentos, y mejorar la agricultura: Resulta casi inconcebible que una gran parte de los alimentos que producimos termine en la basura, mientras millones de personas pasan hambre. Sin embargo, alrededor de un tercio de los alimentos producidos en el mundo se pierde o desperdicia antes de ser consumido. Este despilfarro no solo es éticamente inaceptable, sino que tiene un enorme costo ambiental: el desperdicio de comida representa entre un 8% y 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernaderounfccc.int – casi cinco veces más que las emisiones de toda la aviación comercialunfccc.int. ¿Cómo es posible? Piensa en toda la energía, agua y tierra usadas para cultivar algo que nunca se comió, y en los residuos que genera al descomponerse. La solución requiere acción en cada etapa: desde mejorar prácticas agrícolas (por ejemplo, técnicas de cultivo y almacenamiento que eviten pérdidas por plagas o mala refrigeración), hasta cambios en la industria y en nuestros hábitos domésticos (planificar mejor las compras, aprovechar las sobras, etc.). A la par, debemos transformar las prácticas agrícolas hacia modelos más sostenibles, como la agroecología y la agricultura regenerativa, que emiten menos y incluso pueden secuestrar carbono en el suelo. Cultivar de manera más inteligente significa usar menos fertilizantes químicos (que producen gases como el óxido nitroso), rotar cultivos, proteger la salud del suelo y conservar el agua. Un ejemplo concreto es el auge de la agricultura regenerativa en algunas granjas, donde se combina ganado, árboles y cultivos de forma integrada para imitar la naturaleza, obteniendo suelos más fértiles y cultivos resilientes. Al reducir la pérdida de alimentos y hacer la agricultura más sostenible, no solo bajamos emisiones: también mejoramos la seguridad alimentaria y cuidamos de quienes producen nuestros alimentos, muchos de ellos pequeños agricultores vulnerables al clima.
Comer más plantas y menos carne: Nuestras elecciones en el plato tienen impacto directo en el planeta. La ganadería, especialmente la de carne roja (vacunos), es una de las mayores fuentes de emisiones de metano (CH₄), un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO₂ en el corto plazo. Además, criar ganado requiere enormes extensiones de tierra (a menudo obtenidas talando bosques) y gran cantidad de agua y alimento. Por eso, diversas investigaciones y organismos internacionales señalan la necesidad de cambiar hacia dietas más basadas en plantas. De hecho, la ONU ha advertido claramente que para frenar el calentamiento global es fundamental que la población mundial coma más vegetales y reduzca el consumo de carneclarin.com. Esto no significa que todos debamos volvernos veganos de la noche a la mañana, sino que, colectivamente, disminuyamos la demanda de carne (especialmente de origen industrial) y diversifiquemos nuestra alimentación con cereales, legumbres, verduras y frutas. ¿El resultado? Menos emisiones y, de paso, una población más saludable. Por ejemplo, una dieta rica en vegetales y baja en carne contribuye a reducir tasas de enfermedades cardíacas y ayuda a controlar la obesidad. Muchos jóvenes hoy ya están adoptando dietas vegetarianas o flexitarianas no solo por salud, sino por conciencia climática. Incluso si uno ama la carne, optar por porciones más pequeñas y de mejor origen (proveniente de ganadería sostenible) y aumentar la porción de ensalada y granos en el plato, puede marcar diferencia. Más plantas en nuestro plato significa aprovechar la diversidad de sabores que ofrece la tierra, y honrar el hecho de que podemos nutrirnos sin causar tanto daño al mundo que nos rodea.
Como vemos, estas diez soluciones abarcan todos los sectores de la sociedad: cómo producimos energía, cómo construimos, cómo nos movemos, cómo comemos y cómo protegemos la naturaleza. No son ideas utópicas ni futuristas; son medidas concretas disponibles hoy, muchas ya en marcha en distintas partes del mundo. La gran pregunta es si seremos capaces de implementarlas a la escala y velocidad necesarias. Los científicos del clima insisten en que la ventana de oportunidad para limitar el calentamiento se está cerrando rápidamente. El secretario general de la ONU, António Guterres, lo expresó con urgencia y esperanza a la vez: “La bomba de relojería climática está haciendo tic-tac. Pero el informe del IPCC es una guía para desactivarla. Es una guía de supervivencia para la humanidad. Como muestra, el límite de 1,5 °C es alcanzable. Pero hará falta un salto cuántico en la acción climática”mocicc.org. En otras palabras, sí es posible evitar los peores escenarios, pero requerirá cambios transformadores y decisivos ahora, no en diez años.
Frente a este desafío, es normal sentir ansiedad o pensar que las acciones individuales se diluyen. Sin embargo, la historia nos enseña que las transformaciones colectivas empiezan con pequeñas acciones multiplicadas millones de veces. La responsabilidad es de todos, y también lo es el poder de lograr un cambio. Podemos exigir a nuestros gobernantes políticas alineadas con estas soluciones (desde leyes para eliminar el carbón hasta planes de conservación de bosques), apoyar con nuestro consumo a empresas comprometidas con la sostenibilidad, y en nuestra vida diaria hacer ajustes que suman (desde usar más la bicicleta hasta desperdiciar menos comida). Cada decisión cuenta y envía una señal. Si actuamos con la urgencia de quien sabe que está en juego el futuro de nuestros hijos, y con la convicción de que un mundo más limpio y justo es posible, entonces estaremos honrando esa justicia intergeneracional que tanto importa.
En última instancia, mitigar el cambio climático no se trata solo de números o tecnologías, se trata de valores. Se trata de la solidaridad con comunidades que ya sufren inundaciones o sequías; de la empatía con las generaciones jóvenes que nos piden a gritos acción; de la humildad de reconocer que somos parte de la naturaleza y no sus dueños. Tenemos ante nosotros las herramientas para redefinir nuestro rumbo. La pregunta abierta que queda para cada lector es: ¿Qué papel decidirás tomar en esta gran transformación? La respuesta nos involucra a todos, y el momento de decidir es ahora.
Fuentes: IPCC AR6 (2023), World Resources Institute, Naciones Unidas, prensa internacional. e-mc2.grunfccc.intlse.ac.ukclarin.commocicc.org



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