Chile frente al espejo global de las emisiones de Gases de efecto invernadero (GEI)
- Andrés Irarrázaval Domínguez
- 18 jun 2025
- 14 Min. de lectura
Un patrón global que se refleja en Chile
A nivel mundial, el perfil de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) dibuja un panorama claro: casi tres cuartas partes de las emisiones provienen del sector energía, incluyendo la generación eléctrica, el transporte y el uso de combustibles fósiles ourworldindata.org. Tras este gigante energético, los otros sectores aportan porciones menores: la agricultura (y uso de suelos) ronda una quinta parte, mientras que la industria y los residuos suman el pequeño resto ourworldindata.org. Si miramos esa imagen global, Chile se ve reflejado en el mismo espejo. Nuestra matriz de emisiones reproduce el mismo patrón: el sector energía domina abrumadoramente el inventario, seguido –aunque a distancia– por el transporte, la industria, la agricultura y, al final, los edificios. En 2022, Chile emitió en total unos 116 millones de toneladas de CO₂ equivalente (excluyendo bosques), y el 75% de esas emisiones provinieron del uso de energía (principalmente combustibles fósiles) 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org. Muy por detrás quedaron la agricultura (cerca del 10% de las emisiones) y sectores como residuos e industria química/procesos (aprox. 7% cada uno) 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org. El mensaje es inconfundible: igual que en el resto del mundo, en Chile la energía es el gran responsable climático, mientras los demás sectores—aunque importantes—quedan rezagados en la foto porcentual.
Pero no nos quedemos solo en los números. Detrás de cada porcentaje hay realidades concretas y, a veces, contradicciones dignas de una mirada crítica. A continuación, desglosamos con lente ácido-poético cada sector clave de emisiones en Chile, evidenciando su aporte al problema y la (lenta) aplicación de soluciones. Porque si bien compartimos el patrón global, también compartimos un ritmo desesperantemente lento para encarar la crisis. Veamos sector por sector cómo la realidad chilena combina gigantes de humo con promesas verdes a medio cumplir.
Energía: el gigante fósil que todo lo tiñe
El sector energía es nuestro gigante de humo. Incluye la generación de electricidad, el refinado y quema de combustibles fósiles, y en general todo lo que implique prender algo para obtener energía. No es sorpresa entonces que aquí esté el grueso de las emisiones. En Chile, seguir la corriente energética suele significar quemar carbón, diésel o gas natural. A pesar del auge de las renovables en los titulares, la cruda realidad es que en 2023 los combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón) aún aportaron dos tercios –un 67%– de la oferta energética total del país 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org. En pleno siglo XXI, nuestras chimeneas y centrales aún exhalan CO₂ a borbotones, coloreando el cielo con un matiz grisáceo que contrasta con el azul poeta de Neruda.
Chile ha hecho avances en energías limpias, es cierto. El sol del desierto de Atacama y los vientos patagónicos han impulsado un crecimiento notable de la capacidad eólica y solar, que pasó de ser marginal hace una década a constituir cerca del 50% de la capacidad instalada eléctrica en 2024 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org. Sin embargo, la dependencia fósil sigue ahí, imponente. Las antiguas centrales a carbón aún rugen: once ya han cerrado desde 2019, pero otras ocho continúan sin plan cercano de apagado, amparadas en plazos legales hasta 2040 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org. ¡2040! Como si tuviéramos veinte años más para seguir quemando carbón tranquilamente. Este paso lánguido choca con lo que la ciencia exige: para limitar el calentamiento, el mundo debiera dejar atrás el carbón mucho antes de esa fecha. Que en Chile aún proyectemos carbón hasta 2040 no está alineado con la ruta de 1,5°C 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org – es decir, vamos atrasados, muy atrasados.
En este panorama, el sector energía es un gigante que todo lo tiñe de CO₂. Cada gota de diésel en un generador, cada chispa de gas en una caldera, cada tonelada de carbón en una turbina, todas suman a ese ~75% de emisiones. Y aunque encendemos velas a las energías renovables, el fósil sigue siendo el rey a derrocar. La transición energética avanza, sí, pero avanza con pies de plomo, cuando debería correr con pasos de gigante renovable.
Transporte: ciudades sobre ruedas (y smog)
Si el sector energía es un gigante, el transporte es su brazo derecho contaminante, especialmente en entornos urbanos. Chile es un país altamente motorizado en sus ciudades, con Santiago a la cabeza padeciendo cada invierno un manto de smog que nos recuerda el costo de tanto escape vehicular. El transporte –principalmente el transporte terrestre urbano– es uno de los mayores contribuyentes a nuestras emisiones nacionales. De hecho, el transporte es actualmente el mayor emisor individual dentro del sector energía en Chile, responsable por sí solo de un 27% del total de emisiones del país 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org. Pensemos en eso: más de una cuarta parte de nuestra huella viene de movernos en autos, buses, camiones y motos que queman gasolina y diésel sin descanso. Las calles congestionadas no solo nos roban tiempo; también nos roban aire limpio y suman grados al termostato global.
La falta de opciones de transporte limpio es evidente. Aún dependemos de una flota donde el vehículo eléctrico es ave rara (aunque en 2024 las ventas de eléctricos despegaron, creciendo más de un 75%, siguen siendo una minoría exótica) 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org. Mientras tanto, seguimos importando diésel de baja calidad y celebrando tímidamente cada nueva ciclovía como si fuera gran cosa. Nuestros buses urbanos en Santiago han comenzado a electrificarse –un avance loable–, pero fuera de la capital el panorama sigue dominado por micros humeantes y colectivos antiguos. Es irónico y trágico: celebramos tener la mayor flota de buses eléctricos de Latinoamérica, pero al mismo tiempo nuestras emisiones de transporte no han dejado de crecer en la última década 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org. La modernización avanza a paso de trote cojo: por un lado, orgullo por algunos logros; por otro, la realidad de millones de autos particulares que siguen quemando combustible fósil diariamente.
Cada taco (embotellamiento) en la hora punta es un rito de combustión masiva. Y cada día que posponemos las medidas de mitigación en transporte –desde mejorar el transporte público, electrificar vehículos de carga, hasta incentivar la micromovilidad– es un día que nuestras ciudades respiran veneno y nuestro clima suma emisiones. El transporte en Chile refleja esa dicotomía: sabemos el destino (movilidad eléctrica, limpia y eficiente), pero parecemos atrapados en un tranco lento, con un pie en el acelerador del auto fósil y otro titubeando en el pedal de la bicicleta eléctrica.
Industria minera y química: motores de alto octanaje de carbono
El sector industrial de Chile tiene dos rostros: por un lado, es el motor económico del país (con la minería del cobre como su estandarte metálico); por otro, es un motor de emisiones nada despreciable. La industria aporta GEI tanto por la energía que consume (electricidad, calor y combustibles en procesos) como por algunas reacciones químicas intrínsecas de ciertos procesos productivos. En la minería del cobre, por ejemplo, se quema diésel en maquinaria pesada y se utiliza mucha electricidad (que aún en parte viene de centrales fósiles) para triturar y procesar el mineral. La industria química y del cemento liberan CO₂ no solo por la energía que usan sino también por las reacciones químicas mismas (como la calcinación del carbonato en la producción de cemento).
Globalmente, las emisiones industriales directas (es decir, sin contar la energía que consumen) representan en torno al 5% del total ourworldindata.org. En Chile, si sumamos todo, la industria (energía consumida más procesos industriales) ronda aproximadamente una quinta parte de las emisiones nacionales. Según datos recientes, el uso de energía en la industria chilena aportó cerca del 15% de las emisiones totales, y los procesos industriales (como la metalurgia, cemento, químicos) otro 7% 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org1p5ndc-pathways.climateanalytics.org. Entre ambos equivalen a más del 20% del pastel de GEI chileno, similar al orden global. No es menor. Imaginemos las enormes fundiciones, hornos y plantas químicas operando día y noche: sus chimeneas pueden no ser tan numerosas como los tubos de escape en la calle, pero cada una exhala una columna considerable de CO₂ invisible, sumándose al calentamiento global.
La ironía aquí es que muchas de estas industrias son justamente las proveedoras de materiales para las soluciones climáticas. Extraemos cobre para los cables de los paneles solares y las turbinas eólicas del mundo, pero en el proceso emitimos CO₂ localmente. Producimos cemento para las bases de aerogeneradores y viviendas eficientes, pero liberando carbono en cada tonelada. Es una suerte de paradoja: la industria chilena es simultáneamente parte del problema y parte de la solución potencial. Sin embargo, hasta ahora pesa más lo primero que lo segundo. Las mejoras en eficiencia energética industrial y en procesos limpios avanzan muy despacio. La gran mayoría de las empresas industriales del país no ha implementado medidas significativas de eficiencia o bajas emisiones: se estima que el 75% de la industria en Chile no ha realizado proyectos relevantes de eficiencia energética o tecnologías limpias todavía ellibero.cl. El resultado es que seguimos teniendo un sector industrial potente en producción, pero ineficiente y altamente emisor en términos comparativos.
Mientras las chimeneas de las fundiciones de cobre siguen sacando humo (invisible pero real), la pregunta es cuánto más esperaremos para reconvertir nuestra industria. El potencial de la economía circular y de la innovación tecnológica limpia en minería y manufactura es enorme, pero por ahora, en el inventario de GEI, la industria sigue siendo un coloso emisor silencioso. Urge que ese gigante comience a ponerse a dieta de carbono, antes de que la transición global lo deje atrás.
Agricultura: metano, ganado y la risa invisible de las vacas
En el campo chileno, entre el verdor de los valles y la aridez del norte agrícola, ocurre otro tipo de emisión más discreta pero potente. La agricultura contribuye relativamente menos al total de GEI en Chile (alrededor del 10% de nuestras emisiones 1p5ndc-pathways.climateanalytics.org), pero sus gases son especialmente insidiosos. Hablamos principalmente del metano (CH₄) y el óxido nitroso (N₂O). El metano, ese gas de efecto invernadero mucho más poderoso que el CO₂ a corto plazo, proviene mayoritariamente de la fermentación entérica de ganado bovino –sí, las vacas y sus digestiones, con eructos y flatulencias que podríamos poéticamente llamar la “risa invisible” del campo. Chile, siendo un país con importante producción ganadera y lechera en el sur, conoce bien esta fuente: cada vaca es una pequeña fábrica de metano funcionando día y noche.
Además del ganado, la agricultura aporta emisiones por los cultivos arroceros (que emiten metano en sus campos inundados) y por el uso de fertilizantes nitrogenados, que liberan óxido nitroso. El N₂O es otro gas de efecto invernadero potente y persistente. Entre unos y otros, el sector agropecuario carga con una porción de responsabilidad climática no despreciable. Y a diferencia de la energía o el transporte, aquí no se trata de quemar combustibles fósiles, sino de proceso biológicos y prácticas agrícolas tradicionales difíciles de cambiar de la noche a la mañana.
La ironía en la agricultura es que es simultáneamente víctima y causante del cambio climático. Nuestros campos sufren sequías más severas (Chile lleva más de una década en mega-sequía en varias regiones) y heladas extrañas, impactos del desorden climático. Pero a su vez, las prácticas agrícolas convencionales siguen emitiendo GEI como si nada pasara. Las soluciones existen: mejorar la alimentación del ganado para reducir su metano, capturar ese biogás en biodigestores, promover prácticas de agroforestería (mezclar árboles con cultivos para secuestrar carbono), restaurar suelos para que almacenen CO₂, entre otras. Sin embargo, al día de hoy estas soluciones avanzan lentamente, piloto tras piloto, campo a campo. Mientras tanto, el metano de las vacas sigue elevándose cual globo invisible hacia la atmósfera, con una sonrisa bovina que parece decirnos que el reloj climático no se detiene.
Construcción y edificios: la inercia de la ineficiencia
Finalmente llegamos a los edificios y el sector construcción, a veces olvidados en la conversación climática, pero igualmente parte del problema. Globalmente, los edificios (casas, oficinas, comercios) aportan alrededor del 6% de las emisiones directas ourworldindata.org, principalmente por la quema de combustibles para calefacción, cocina y agua caliente. En Chile, el porcentaje específico varía según las fuentes, pero ciertamente nuestros edificios son todavía poco eficientes y, en algunos casos, sorprendentemente contaminantes. Pensemos en las miles de estufas a leña que calientan hogares en el sur del país cada invierno, emitiendo no solo CO₂ sino también material particulado que asfixia los valles. O en la escasa aislación térmica de muchas viviendas, que obliga a gastar el doble de energía en calefacción o refrigeración. O en la construcción misma, usando cemento convencional y acero sin consideraciones de huella de carbono.
El sector construcción en Chile ha sido tradicionalmente lento en adoptar medidas de eficiencia. Recién en los últimos años se han implementado normativas de aislación térmica más estrictas para nuevas edificaciones, y aún así, queda un vasto stock de edificaciones antiguas e ineficientes. La eficiencia energética en edificios—sea por diseño bioclimático, mejor aislamiento, iluminación LED, bombas de calor en vez de calderas, etc.—avanza a cuentagotas. Es frustrante porque este sector ofrece algunas de las oportunidades más costo-efectivas de reducir emisiones (y de paso mejorar la calidad de vida), pero la renovación es lenta. Muchos edificios nuevos todavía se construyen con estándares mínimos, y la rehabilitación de edificaciones existentes apenas comienza en proyectos piloto.
Aquí la crítica ácida apunta a la inercia: por décadas se pudo haber exigido más en construcción sustentable, pero primó la lógica cortoplacista de abaratar costos iniciales sacrificando eficiencia a largo plazo. Resultado: barrios enteros en Santiago y regiones donde en verano se cuecen y en invierno tiritan, consumiendo energía excesiva para paliar un diseño deficiente. La construcción sustentable en Chile está en pañales comparada con lo que debiera ser. Y aunque hay ingeniosos arquitectos y empresas mostrando el camino (edificios cero energía, materiales ecológicos), son la excepción, no la norma. En resumen, nuestros edificios siguen siendo más parte del problema que de la solución, y cada día de retraso en normativas y retrofits es una oportunidad climática perdida.
Promesas verdes vs. realidad gris: la lentitud de la mitigación
A esta altura, queda claro que sabemos dónde están las emisiones, sabemos también qué habría que hacer… y sin embargo, los avances son exasperantemente lentos. Hablemos de las medidas de mitigación que todos aplauden en teoría pero que, en la práctica chilena, caminan con pesada lentitud.
Eficiencia energética: La fruta al alcance de la mano, la medida más obvia y rentable, esa que reduce emisiones ahorrando dinero, sigue siendo ignorada en gran medida. Como vimos, tres de cada cuatro industrias chilenas no han implementado ni siquiera un proyecto de eficiencia energética relevante ellibero.cl. Y no solo la industria: hogares, comercios, edificios públicos… la cultura del despilfarro energético persiste. Se aprobó una Ley de Eficiencia Energética en 2021, pero su implementación avanza con calma burocrática. En palabras de expertos, la eficiencia energética –pese a su lógica y beneficios– “tiene un bajo nivel de avance en la industria y en la política pública” en Chile ellibero.cl. Es decir, lo primero que deberíamos hacer es lo último que estamos haciendo. Paradójico y triste.
Economía circular: Todos los años tenemos seminarios y campañas sobre reciclar, reducir, reutilizar. Sin embargo, la realidad de los residuos sigue siendo lineal. En Chile generamos millones de toneladas de basura y reciclamos un porcentaje mínimo. Para muestra un botón: solo alrededor del 10% de los residuos domiciliarios se recicla actualmente chile.gob.cl. El resto acaba en vertederos o, peor, en microbasurales ilegales. Se promulgó la Ley REP (Responsabilidad Extendida del Productor) con metas ambiciosas de reciclaje (queríamos llegar a 30% en cinco años) chile.gob.cl, pero esos plazos ya casi vencieron y seguimos lejos de la meta. La economía circular, por ahora, es más discurso que acción: los envases de un solo uso abundan, la basura electrónica crece, los plásticos de un solo uso van y vienen pese a prohibiciones parciales. En síntesis irónica: circulan muchas presentaciones PowerPoint sobre economía circular, pero nuestros residuos siguen yendo en línea recta al relleno sanitario.
Hidrógeno verde: Este es el niño símbolo de las promesas tecnológicas de Chile. Nos vendieron (y nos compramos) la idea de ser una potencia mundial de hidrógeno verde, aprovechando nuestras energías renovables baratas para exportar moléculas limpias al mundo. Planes, hojas de ruta, acuerdos internacionales… y a la hora de la verdad, very little action. Incluso las propias autoridades han bajado las expectativas: recientemente, desde la agencia de desarrollo (Corfo) se admitió que las grandes inversiones en hidrógeno verde “se van a empezar a hacer en tres o cuatro años más”, o sea, ni siquiera en este gobierno ni el siguiente eldesconcierto.cl. El boom anunciado se ha ido desinflando; el proceso va demasiado lento, reconocen también inversionistas extranjeros. En Chile hoy solo hay unos pocos proyectos piloto de hidrógeno funcionando, y decenas de iniciativas en eterno estado de estudio. Para añadir sal irónica: el mundo corre a buscar alternativas y Chile, que tenía todo para liderar, parece dormido esperando que el hidrógeno se produzca solo. Queda la sensación de que por ahora el hidrógeno verde es más marketing que realidad, y que su promesa de salvar múltiples sectores aún está por materializarse. Como dicen algunos científicos, el hidrógeno no será la “navaja suiza” tan fácilmente y necesitamos diversificar soluciones eldesconcierto.cl, pero aquí casi apostamos todo a él… y ni así despega.
Agroforestería y soluciones basadas en la naturaleza: ¿Reforestar, restaurar bosques, integrar árboles en la agricultura? Por supuesto que sí, suena fantástico. Los árboles capturan carbono, protegen suelos, mejoran biodiversidad. Chile lanzó programas como +Bosques, compromisos de plantar cientos de miles de árboles, restaurar hectáreas degradadas… pero los avances son discretos. A menudo nos quedamos en ceremonias donde se planta el árbol número “un millón” (auspiciado por alguna empresa) mientras simultáneamente se queman o talan otras miles de hectáreas por incendios forestales o expansión agrícola. La agroforestería, esa integración sabia de árboles frutales o nativos en praderas y campos de cultivo, apenas se practica fuera de proyectos demostrativos. Nuestros paisajes rurales siguen mayormente divididos: o son bosque, o son cultivo, rara vez una mezcla sinérgica. Aquí la lentitud es cultural y económica: falta asistencia técnica, incentivos y hasta cambio de mentalidad en el agro. Irónicamente, sabemos que plantar y cuidar árboles es de las herramientas más antiguas y efectivas contra el cambio climático, y aun así, seguimos deforestando más rápido de lo que reforestamos a nivel global. En Chile no estamos exentos de esa contradicción: a pesar de planes y anuncios, la restauración de ecosistemas avanza, sí, pero no a la escala ni velocidad necesarias.
En resumen, contamos con un arsenal de soluciones conocidas –de la eficiencia a la reforestación, pasando por tecnologías limpias y cambios de hábito– pero las estamos implementando con una parsimonia desesperante. Las promesas verdes chocan con una realidad gris de trámites, falta de voluntad política o empresarial, y a veces simple inercia. Esta crítica, por ácida que suene, viene con preocupación genuina: el reloj climático no espera, y cada año de demora se paga con más impacto ambiental.
Urgencia de un cambio sistémico: un llamado a la acción ambiciosa
Basta de diagnósticos y lamentos. Si algo nos enseña el desglose sectorial de las emisiones es que no existe una solución única ni simple para el cambio climático: tenemos que actuar en todos los frentes a la vez, con visión de conjunto ourworldindata.org. De poco sirve descarbonizar la electricidad si el transporte sigue igual, o mejorar la eficiencia industrial si descuidamos la deforestación. Necesitamos políticas ambiciosas, integrales y multisectoriales que articulen todos estos esfuerzos dispersos en un verdadero cambio de sistema.
En Chile, eso implica que el próximo plan o estrategia climática no se contente con metas modestas por sector, sino que orqueste una transformación simultánea: una red eléctrica 100% limpia alimentando vehículos eléctricos masivos; ciudades densas con transporte público impecable y ciclovías por doquier; industrias mineras y de materiales operando con energía verde y economía circular; un campo que capture más carbono del que emite mediante agricultura regenerativa; edificios que más que consumir, produzcan energía. Todo a la vez, porque el problema es a la vez.
La lentitud actual debe dar paso a la urgencia. Urgencia no de discurso, sino de ejecución. La ciencia nos dice que este decenio es crítico para encaminar las reducciones de emisiones y evitar los peores escenarios. Esto requiere un nivel de compromiso y coordinación que pocas veces hemos visto: Estado, empresas, academia y ciudadanía remando en la misma dirección. No podemos seguir pateando la pelota al próximo gobierno, al próximo año, al próximo “boom” que nunca llega. Es ahora, o nunca.
En este llamado final, apelo a un cambio de mentalidad: entender que mitigar el cambio climático no es una carga, sino una oportunidad de modernización y justicia. Significa un Chile más competitivo, con ciudades más respirables, con campo más resiliente, con empleos verdes de calidad. La visión de sistema nos muestra que las soluciones se refuerzan mutuamente: la energía limpia impulsa vehículos limpios; la eficiencia reduce costos y emisiones a la vez; la reforestación protege cuencas y captura CO₂. Todo está interconectado.
Chile, al igual que el mundo, no puede darse el lujo de la pasividad. Si reproducimos el patrón global de emisiones, hagámoslo también en la solución: que nuestro país sea reflejo de un planeta que reacciona y cambia de rumbo a tiempo. La ambición climática no es retórica diplomática, es acción concreta aquí y ahora. Cada sector, cada actor, debe elevar el juego. Que la próxima vez que miremos el espejo de las emisiones, veamos un rostro diferente: el de un Chile que supo tomar las riendas de su destino climático y que, con inteligencia y algo de esa poesía combativa que nos caracteriza, logró torcer la trayectoria hacia un futuro más limpio y seguro para todos.
El momento de articular políticas audaces y transversales es ahora. Lo exige la ciencia, lo pide la ética intergeneracional, y en el fondo, lo sabe nuestra conciencia. No esperemos más: cada día cuenta, cada sector cuenta, cada acción cuenta. Chile puede y debe ser más que la suma de sus emisiones; puede ser la suma de sus soluciones. Actuemos en consecuencia. ourworldindata.org



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